La flotilla: entre el circo y la farsa
Pocas veces la política ha ofrecido una representación tan ridícula como la llamada “flotilla”. Una supuesta expedición humanitaria que, en teoría, pretendía desafiar el bloqueo de Gaza pero que, en la práctica, no fue más que un viaje turístico de activistas en busca de titulares. La prueba está en sus protagonistas: desde Ada Colau hasta personajes mediáticos como “Barbie Gaza”, todo parecía más pensado para la foto que para la ayuda.
Conviene hacerse la pregunta básica: ¿cuál era el plan real? ¿Se imaginaba Ada Colau, exalcaldesa de Barcelona, bajando al puerto de Gaza para descargar cajas? ¿Iban a formar una cadena humana de concejales y activistas para repartir arroz y medicinas bajo el fuego cruzado? La realidad es que nadie sabe qué cargaban los barcos, si es que llevaban algo más que propaganda. Porque ni hubo transparencia sobre el material, ni garantía de que llegara a la población. El contenido, como la misión entera, estaba envuelto en humo.
Más aún: si de verdad el objetivo era llevar ayuda, había una alternativa clara y conocida. Egipto, a través del paso de Rafah, ha sido históricamente una vía para el envío de suministros. No es un camino fácil ni inmediato, pero es real. ¿Por qué no optaron por él? Porque el plan nunca fue ayudar: fue provocar un choque con Israel para exhibirse como víctimas. El guion estaba escrito de antemano: salir en barco, ser interceptados, victimizarse y vender la historia de “pacíficos activistas reprimidos por el Estado opresor”. Una puesta en escena con fines propagandísticos más que humanitarios.
El caso de Ada Colau es paradigmático. Una política profesional que, tras dejar la alcaldía, busca seguir bajo los focos a través de causas mediáticas. Su papel en la flotilla no era aportar soluciones, sino posar como heroína global. Lo mismo ocurre con otros participantes: no son expertos en ayuda humanitaria, ni diplomáticos, ni estrategas; son activistas profesionales, cuya utilidad se mide en titulares, no en resultados.
Y luego está el papel grotesco de personajes como “Barbie Gaza”, más preocupados por grabar vídeos y alimentar la narrativa que por aportar algo concreto. La frivolidad alcanza cotas insultantes cuando se convierte el drama real de un conflicto en un escenario para influencers con conciencia selectiva. Porque sí: la realidad de Gaza es dura, pero banalizarla con gestos teatrales solo consigue ridiculizar la causa que dicen defender.
El problema de la flotilla no es solo que fuese inútil; es que fue deliberadamente inútil. No buscaba mejorar la situación, sino instrumentalizarla. Se construyó sobre la idea de que el símbolo vale más que la acción, aunque ese símbolo sea vacío. Y en esa lógica, lo único que importaba era la imagen de activistas europeos enfrentándose a Israel, sin importar que las supuestas cajas de ayuda fueran irrelevantes o inexistentes.
Y aquí aparece la gran hipocresía: quienes se rasgan las vestiduras por Gaza son los mismos que guardan silencio sepulcral ante la represión en Venezuela o en Cuba. Allí no hay flotillas, ni pancartas, ni gestos teatrales. Allí no organizan viajes para llevar alimentos a los presos políticos ni para denunciar la miseria impuesta por regímenes autoritarios. Su indignación es selectiva, milimétricamente calculada según la causa encaje o no en su narrativa ideológica. Esa doble vara revela lo que realmente son: activistas de conveniencia, más atentos a la foto que a la coherencia moral.
La flotilla, en definitiva, no fue un acto de solidaridad, sino un espejo de la hipocresía occidental: activistas que claman contra unos mientras blanquean a otros, que presumen de justicia universal mientras callan ante dictaduras amigas. Y esa incoherencia es mucho más dañina que cualquier bloqueo, porque erosiona la credibilidad de toda causa justa.


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